Si el caño lo tira Ginóbili, hasta el humillado hace el mea culpa y le garronea un autógrafo al final del juego. Ahora, si el fantasista es un pibito, un tal Laprovíttola, y el receptor del túnel un tal Campazzo, media Mar del Plata tiene derecho a encenderse promediando el segundo cuarto y a deformar un partido que, en lo deportivo y emocional, resultó un partidazo. Sin embargo, el mismo Lanús que llegó a sacar 19 puntos de ventaja, casi no sabe ganarlo. Y el místico Peñarol, que se puso al frente con un triple de Salem a falta de 3’36”, no supo perder. Y en tierras del Oveja Hernández, Leo Gutiérrez, Martín Leiva y compañía, salir derrotado es una mala palabra. Y el origen de cualquier trifulca. No se trata de mostrar quien tiene más huevos ni de comportarse como gallinas. Importa saber qué rol toma cada uno en este asunto…
Detenete un segundo y mirá la foto que acompaña la tapa de Olé. Porque antes y después del click, hay una historia. Hay un hincha que se dispara de la tribuna cabecera de Lanús, cruza una pequeña baranda ante la vista de las fuerzas de seguridad, y recorre unos diez metros hasta encontrarse mano a mano con Leonardo Gutiérrez, que venía de tirarle una trompada a un dirigente local que intentaba poner calma. El hincha, o pseudo hincha, claro, le entregaba, mínimo, una ventaja de 30 centímetros de alto y de 20 kilos. Una manera de demostrar cuán sacado estado. ¿O vos te le animás a Tyson en una pelea callejera? Así y todo cometió el peor de los pecados: se metió en la cancha cuando debería haberse quedado en su sitio a celebrar un triunfazo ante el Milrayitas. Pero no. Se equivocó. Quiso hacer justicia por mano propia porque los encargados miraron todo el partido hacia otro lado. Y no fue a buscarlo porque sí. Lo tenía signado como cabecilla de un equipazo que no tuvo brújula deportiva ni emocional. Gutiérrez, segundos antes del final, le metió un codazo al pobre Laprovíttola, seguramente, futuro compañero de Selección en algún momento no muy lejano. Porque al chico y al grande les sobra calidad. Más tarde, en el medio de la cancha y ante la vista de (casi) todos, tomó del cuello a Boccia y le dio dos palmadas con aroma a cachetazo que la dupla arbitral Estévez-Mendoza intentó minimizar con una simple personal para cada uno. Claramente, no era su noche: 4-16 en cancha, un rebote, en 27’33”, y la 10° derrota de su equipo, el mejor de la primera fase, ya eliminado de la Liga de las Américas, armado para seguir siendo multicampeón, pero tres juegos por debajo de Obras.
En el revoleo, Leo tal vez se perdió cómo en la boca de una manga endeble rumbo al vestuario, un Leiva fuera de sí también se equivocaba y se metía en una zona que no le correspondía: la platea. Sorteó los carteles publicitarios, subió dos escalones, y desnudó a un hincha que lo insultaba. Sí, lo desnudó, le arrancó la remera y lo dejó en cueros. Sí, un jugador de Peñarol, de Selección, y el básquet español. Eso las cámaras que ahora aleccionan no llegaron a tomarlo. Igual, a esa altura del tole tole, con la Policía fuera de foco y con los árbitros ajenos a todo (como en los 40 minutos de juego), ninguna imagen servirá como sentencia. Acá hace falta otra cosa. Y no se trata de quita de puntos ni de suspensiones. ¿Lanús merece perder en un escritorio lo que ganó en la cancha? ¿Peñarol merece jugar lo que resta de la Liga con los pre mini? ¿Y en el resto del país, qué?
Justo en la semana que Román González, pivot de Quimsa y de la Selección, argumenta que los maestros son una “vergüenza nacional”, bien vendría que un par se diesen una vueltita por las canchas familiares de la Liga Nacional, ¿no? Habrá que empezar de nuevo con la evangelización…
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